En un hecho sin precedentes para el pueblo colombiano y la comunidad católica mundial, el sumo pontífice de la Santa Sede anunció ayer en medio de un bíblico aguacero que se resistía a amainar, la elevación a la dignidad de beato del colombiano Juan Pablo Garavito Gaviria. El júbilo ocasionado entre el pequeño círculo de fieles sincelejanos que siguieron el evento en directo por televisión satelital no se hizo esperar y paralizaron por dos gozosos minutos el tráfico vehicular en el semáforo de la esquina en que confluyen el Ley de comidas, Foto Japón y la Olímpica del centro, a eso de las 5.30 a.m. –hora local, momento en que se efectuó el piadoso pronunciamiento.
A medida que transcurría la mañana, diversos sectores de la iglesia católica y la comunidad sucreña en general se fueron acercando a la tumba del ahora ilustre ciudadano para rendirle los más merecidos honores, en medio de una improvisada comitiva que, al pasar por el sector de las peñitas, se vio acompañada por los músicos vallenatos del sector y multitud de madrugados jóvenes rumberos quienes, Maizena y garrafa en mano, le dedicaron entre adioses y wapirreos –la procesión hacia el cementerio pudo haberlos confundido, un sentido homenaje póstumo al hombre de quien desde ya se menciona su postulación para ciudadano del año y a cuyo honor se elevará el 20 de noviembre como día cívico en todo el departamento sucreño. Esperamos que el ejemplo se difunda en todo el territorio nacional.
De entre las primeras impresiones que causaron revuelo en los medios informativos nacionales sobre la vida de “Don Juan Pablo”, distinción acuñada durante el discurso proferido por el honorable presidente del Consejo Superior de la Judicatura en una reciente rueda de prensa otorgada en la fría ciudad capitalina, causó gran alborozo el anuncio de su actividad profesional: Don Juan Pablo era abogado.
Sí señor: abogado.
A continuación un aparte de la alocución referida:
“(…) y es así como el Consejo Superior de la Judicatura y la Asociación Colombiana de Juristas (ACOJO) anunciamos con gran orgullo y regocijo en el corazón al pueblo colombiano y a la comunidad internacional la inclusión de Don Juan Pablo en el libro de los grandes ciudadanos colombianos, solitario en un nuevo capítulo dedicado a los profesionales del derecho, por una vida de logros y satisfacciones en el ejercicio de la profesión. Se barajan más nombres para acompañarlo en este aparte. Recibimos sugerencias.
Esto es una prueba más de que no todos los abogados vamos a parar al infierno…”
Las incidencias desatadas por este último comentario conllevan a formularse una pregunta necesaria: ¿cómo logra un abogado la beatificación? La respuesta en palabras de Monseñor Jairo Simahan:
”Realmente no es tan difícil pensar en la posibilidad de un abogado beatificado, y la vida de Juan Pablo da buena cuenta de eso. A manera de ejemplo, recuerdo la forma en que él resolvía los conflictos de intereses: aplicando la teoría del cerdito indeciso, según la cual, cuando dos o más personas se pelean la titularidad de un pequeño porcino lo más sensato es situar a los contrincantes equidistantes de un punto medio, en el cual se va a ubicar a un cerdito con los ojos vendados –tal como la diosa Themis- para que esté temporalmente cegado y decida libre de prejuicios y distracciones quién es su verdadero benefactor. Ésa verdaderamente es una forma sencilla y piadosa de hacer justicia. Claro que no todos lo conflictos del mundo versan sobre marranitos en disputa y así fue como, eventualmente, nuestro joven abogado fue viéndose a sí mismo limitado por la rigidez de los lineamientos legales, pero Dios es la eterna fuente de toda sabiduría y el que a El acude de El se nutre, en virtud de ello Juan Pablo se convirtió en pionero de los derechos de los palos de mango, de la cañandonga y el bocachito. Fe de esta vocación dan los habitantes de San Antero, quienes prolongados loores le hicieron cuando el caso de los derechos del burro le dio la vuelta al mundo.”
Para el momento de cierre de esta edición, el alcalde de Sincelejo anunciaba en un precipitado discurso la entrega de las llaves de la ciudad al beato sincelejano, y aunque su pobre conocimiento de la costumbre católica le hizo acreedor de multitud de críticas y chanzas, zanjó el asunto haciendo gala del más profundo y ortodoxo conocimiento de la clásica sabiduría sabanera:
“No importa, yo le hago una repisita”
lunes, 20 de octubre de 2008
AJUSTE
Cuando Mayo empezó a escribir este libro -que ahora gracias a ti se niega a terminar, tenía la firme intención de darle vida en forma de novela romántica. Ya que tuviste la audacia de llegar a donde la vieja Clara sólo para atormentarla con ese chisme de esquina que anda regando “el mentidiario”, he tenido que tomar cartas en el asunto, porque definitivamente las cosas se están saliendo de control y te estás buscando tu buena borrada.
Hombre, a lo que es bien, yo no gusto de meterme en vainas de novios porque es verídico que es uno el que sale clavado, pero como Mayo es tan rara yo ni le creía que de verdad tú existieras, es más, le preguntaba que cómo iba ese cuento para ver si daba caída , porque ajá, tú sabes que a uno cuando no le cuadra la cosa, uno queda picado y va es tratando con mañita como que de sacarse de algún modo la espinita que le queda, porque bueno, uno es así. Mira, Mayo es una pelada muy sentimental y como es escritora, se mete mucho en sus historias y se esfuerza en hacer a sus personajes muy reales, por eso la paso criticando, porque se empeña tanto en describirlos que uno ya no puede ni imaginarse nada y esa vaina de andar hablándole a uno todo el día de la misma persona da es rabia y todo el día era que “mira, que el Leo hizo hoy esto” y “el Leo hizo hoy esto otro” pero no se le ocurrió decir que el Leo ese no era más que otro de sus personajes ficticios pero bueno, ya tú la conoces.
Mira, la vaina es la siguiente: Mayo es mi mejor amiga y está muy ardida por lo que le dijiste a la mae y yo quiero que ella termine el libro, entonces o vas y arreglas esta vaina o te saco del paso.
Leo, te manda a decir Mayo que no seas tan embustero.
Dibujaré aquí una cara de color blanco y haré de ti algún suelo por caer, quizás es un gran punto negro debajo del sol, al parecer suena el sombrero de un espantapájaros o una tarde gris que menoscaba el sol. Ven, sólo tócalo y te hará danzar desnudo con mi sombra, Ella dará pasos gigantes y condenarás el cerdo blanco que come de ti. Voltearás y girarás tu cabeza dentro de ese pasillo lleno de puertas distantes y la luz que al final te ciega borrará los pasos y cerrará las puertas donde nunca has intentado tropezar con tu corazón.
ESTRONCIOL
lunes, 28 de julio de 2008
LA INTERTEXTUALIDAD
La trampa estaba tendida. Después de meses de infructífero cortejo e insistente asedio, Pedro Caballero, el gordo y repugnante vago del pueblo, había conseguido obtener una cita con la pequeña Adria, quien a pesar de su reputación de ingenua y brincona, se negaba no sólo a caer en la garras de aquel grotesco y hablador remedo de Casanova, sino a quedar asimismo a merced de las malas (malísimas) lenguas que atragantan el chismorreo local.
Preparaba entonces Pedro el íntimo escenario en el comedor de su casa con tanto primor y empeño que no pudo menos que enfadarse cuando, después de dos horas de sacudir y limpiar aquí y allá, apareció en el reluciente plato de porcelana que tenía dispuesto para ella una rechoncha cucaracha: ahí, en todo el medio del plato que estrenaba y reservaba para su ansiada conquista. Pedro tuvo el cuidado de apartarla gentilmente con sus callosas manos, luego alejarla de la mesa y por último aplastarla en un lugar poco visible donde no ensuciara con sus inmundas entrañas día y medio de labor ininterrumpida.
Continuó pues alegremente su faena entre tarareando y cantando cuando, inesperadamente,volvió a aparecer en el mismo lugar, en el mismo plato, con la misma figura una nueva cucaracha la cual, despreocupadamente, movía sus largas antenas de aquí para allá. Pedro entre confuso y sorprendido repitió la operación con la cual dio fin a su primera cucaracha y viendo que ya faltaban menos de quince minutos para que la morena Adria se presentara finalmente en su apartamento, apuró a ultimar los detalles que terminarían dando el toque esperado. Pasaron un par de minutos más, un descuido y una nueva cucaracha en el apartamento, en la mesa, en el plato, en el quicio de Pedro. Más enervado que apremiado por el tiempo, Pedro repitió la operación de destierro, pero no fue más que dar la espalda a la mesa cuando en su lugar hizo presencia otra cucaracha igual de rechoncha, sucia y desafiante que las demás. La situación era intolerable.
Pasados diez minutos llegó Adria al apartamento, preocupada eso sí por haberse metido en semejante embrollo. La puerta estaba abierta, la estancia vacía. En una lustrosa mesa de acabado rústico adornada con flores y dispuesta con un solitario y brillante plato que lanzaba destellantes reflexiones, encontró una hoja de papel doblada con su nombre escrito en ella.
Pedro había escuchado por vez primera la voz de la sensatez.
Como un ojo negro, oscuro como el amor mismo, la vi permanecer por espacio de unos treinta segundos bajo el agua. Como infinidad de arterias, las indomables ondas de su cabellera daban la impresión de inyectarle sangre al redondel de su cabeza formando un ojo tétrico e indescifrable, infinito como una mandala. Pensaba en ella como una máquina de destrucción, como una mala señal, el advenimiento de la hora siniestra: eso era ella en esos momentos. En cámara lenta empezó a surgir, ella que llenaba de triste alegría el aire que respiraba, dándole un halo de todo a la existencia. Pasado un instante estuvo completamente de pié: el agua cubriéndola hasta debajo de la cintura.
Giró lenta y despreocupadamente hacia mí, diciéndome con su movimiento que su paz interior nunca fue ajena a mi presencia. Las magníficas caderas acariciadas por las puntas de su cabello mojado me saludaron con pereza y parsimonia, sin siquiera perturbar el aire que le rodeaba. La incidencia de la luz solar, la quietud que apaciguaba el escenario campestre me invitaron a quedarme inconsciente e irresuelto a huir, mientras sus senos se mostraban en un temprano cuarto creciente, pasando indiferentes a la plenitud de la luna llena y de vuelta al cuarto menguante. Mis ojos escalaron el camino que desde el torso lleva hasta sus ojos, para finalmente encontrarse con ese par de esferas pardas sobre las cuales no atiné sino a pensar que parecían ojos de muñeco de peluche.
Su mirada inexpresiva sostuvo suspendidos mis ojos por no sé cuánto tiempo y mi cerebro paralizado no dio orden más que respirar y vivir. De repente empezó a dirigirse hacia mí lenta y pasivamente, escurriendo agua por los cabellos, caminando atemporal y mecánica.
Su paso fue lento y sostenido, cubría el espacio que nos separaba indiferente a mis mentales intentos de escapatoria. Antes de llegar a mí había una pequeña roca incrustada en el suelo, justo sobre el vector que dibujaba su avanzada. La tropezó, pero surtió el traspié trazando tranquilamente la pendiente de la piedra con su pié izquierdo.
Cuando llegó hasta mí se detuvo en un gesto cansado y por fin pude ver algo más que sus ojos. Inhalaba pesada y quedamente el aire. Sus fosas nasales se abrían ligera y casi imperceptiblemente. Súbitamente un par de largas y húmedas manos cayeron pesadamente sobre mis hombros, como un tronco que cae solitario y silencioso en algún lugar de la selva. Su torso se inclina hacia mí y es ahora una mirada profunda y melancólica lo que llena mi campo visual. Mi existencia se limitaba en ese entonces al imperio de sus ojos y la palabra que susurró con una voz afectada de tristeza: “vértigo”.
El peso de su cuerpo, material a mi percepción desde ese instante, hizo deslizar las palmas de sus manos hasta sus muñecas y desde ahí siguió cayendo hasta cuando sus codos tocaron mis hombros. Cerró los ojos y besó mi frente.
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Decidido y osado como un piloto kamikaze
miércoles, 25 de junio de 2008
Agudo, como el sonido de un viejo reactor que despierta de la inactividad con un repentino e inesperado chispazo, estalló en las sienes del hombre con febril desespero el milagro de la vida.
El sonido fue aumentando y aumentado ininterrumpidamente, escalando en un tono elevado que exacerbaba trepidante el sentido auditivo de aquel que sólo empezó a ser consiente de su nueva existencia ahí, en medio del burbujear afanoso que volvía espuma sus neuronas y que hacía hervir frenéticamente hasta el más inusitado rescoldo de su destrozado cuerpo.
El sonido convertido ya en ruido crecía terco e insuperable a cualquier otra sensación física y alcanzó un tono tan alto que hizo vibrar los pabellones de sus orejas violenta pero imperceptiblemente, y fue en ese punto donde ya no lo pudo soportar más y quiso gritar, liberar de algún modo algo de esa tensión que lo agobiaba, pero no hubo sonido que él pudiera emitir ni mucho menos pudo encontrar boca que lo reprodujera, como si no fuera dueño del momento que acontecía, ajeno a intervenir en esa tronante sucesión de eventos. Fue en ese preciso instante en el cual su oído no pudo aguantar más la arremetida de aquella agreste acústica desbocada.
Ahí, en ese mismo instante vio la luz.
Empezó como un pequeño punto blanco en todo el centro de la negrura que nublaba su visión, luego empezó a brillar y a oscilar en sus bordes, como si aquel ruido demencial produjera ondas en él, como si fuera un pequeño sol en llamas: una estrella que no se resigna a perecer. Las oscilaciones aumentaron en nodo y frecuencia de segundo a instante hasta alcanzar una velocidad tan absurda que fatigaron el cerebro de aquel remedo de ángel caído y produjeron tal mareo y saturación que el hombre se sintió desfallecer, justo en el momento en que una ínfima y nueva explosión desde su mismo centro inundara el vacío casi absoluto, llenándolo decididamente de aquella dolorosa blancura que asediaba el inexistente esteticismo que reina en toda oscuridad.
Aquella luz asaltó creciente e invasiva como un cáncer de bíblico designio el segundo sentido adquirido, tragándose el sonido, el tiempo, el vacío; antípoda del agujero negro, inundaba de existencia la quietud de la ausencia. La reverberación acústica se fue haciendo tenue, inexistente y por último fatua, aullando en un agonizante ulular de tubería vieja y oxidada, chapoteando infructuosamente mientras el vórtice divino de la materialidad lo succionaba prepotente y eterno.
El ruido se detuvo por fin con una estocada seca y abrupta sin más réplica ni protesta, como el cascar de una nuez.
Silencio…
El hombre decidió descansar, pues el dolor proporcionado por aquella primera arremetida había fatigado todo lo que hasta ese momento era su material ser. El tiempo transcurría sin celeridad ni unidad horaria capaz de describirle.
Silencio…
“¿Cuánto habré de esperar?” Pensó, resumiendo su primer acto intelectivo consciente en la sumisión ante el aburrimiento. La quietud, el discurrir estático de este nuevo evento oponía un tanto de sentido reflexivo a la situación. Asentados sus pensamientos ante el incalculable instante del cual no parecía poder escapar, se encontró pensando en nada más que lo aburrido que estaba. Quería hallar un recuerdo, al menos una remembranza sobre la cual darle colores al asunto, imaginar así fuera algo tonto que le diera algún tinte de existencia a sí mismo, siquiera un suceso que pudiera existir por sí solo inexistente e inimaginado, pero halló con una tremenda tristeza y desasosiego, que no había nada, absolutamente nada de dónde escarbar. Aquel blanco que lo llenaba todo era una burlona evidencia de que la misma existencia de paredes evidencia materialidad, presencia de la voluntad humana.
Su situación estacionaria, de satélite de sí y de su propia existencia empezó a incomodarle: sin un mundo en qué vivir, sin colores, olores ni una triste textura de la cual aferrarse, la psique de hombre empezó a generar corto circuitos que volvían sus de por sí pocos y carentes de contenido pensamientos en espasmódicas y nimias tormentas de angustia que le taladraban el alma.
El horror producido por el verdadero silencio, el verdadero vacío y la única soledad tiene un efecto sofocante: El cerebro humano se espanta y sobreviene el delirio, el afán de vivir, de respirar, de asir esperanza… sentir esperanza. Cargado de sufrimiento y del suplicio que supone ver satisfecho por fin el tonto deseo adolescente de encontrarse cara a cara con la soledad, el hombre se halló pensándose a sí mismo irreparablemente abandonado, justo antes de percatarse de aquel nuevo susurro,como si el recuerdo de un viejo tren de vapor acercándose a la estación danzara en sus oídos.
Se acercaba rápido, en un creciente y violento rumor.
Alternando de oreja a oreja en intervalos fugaces y desvanecientes, acortando el espacio entre susurro y susurro se iba acortando, oscilando como el péndulo de Foucault, se vino acercando un sonido de voces que se le antojaban de alguna forma familiares; le fue llegando a los pabellones de sus orejas en un rumor que se convirtió en estampida, bombardeando sus nervios de sonidos ininteligibles de los cuales sólo pudo captar en un principio uno que otro monosílabo, tornándose luego en palabras y luego en frases inconexas.
“suspira, suspira, suspira” decía una voz alegre y femenina, afectada de ecos e inflexiones ocasionales. Voces y más voces parecían chillar palabras sin sentido.
“suspira, suspira, suspira… ohhhhhhhhhhhh!” repitió la voz, agregando una corta pausa en la cual el hombre alcanzó a captar el sonido de una profunda y feliz inspiración, acompañada luego de una larga y dulce exhalación.
“suspira, suspira, suspira” la voz empezó a tornarse en un coro, un clamor… una súplica que invitaba al hombre a suspirar, a celebrar el aire, a inflar de naturaleza los pulmones, a suspirar por amor a la vida.
Pausa… inhalación.
Un tic nervioso y frío, rápido como las malas noticias, invadió con un vertiginoso descender de montaña rusa todo el camino que desde los tuétanos hasta la médula flanquea el espinazo, estrellándose, dándole noticia a aquel amasijo de carne magullada yhuesos rotos del estremecimiento que supone el choque de vida inyectado a un cuerpo recién caído en este sórdido e indiferente asfalto. De repente, comouna alucinaciónborrosa y distante, la blancura en la cual estaba sumido empezó a ondear, como estuviese hecha de agua y alguien hubiese dejado caer una gota ahí, en todo el centro de la vida misma.
Las ondas se movían alegremente, como invitando a sumergirse en ellas, y así perduró por un instante hasta cuando los pulmones del hombre no pudieron contener más de aquella divina y decisiva primera inspiración, y fueron vaciándose lenta y ceremoniosamente, dejando salir el aire con un melancólico soplo de despedida.
La segunda inspiración fue larga y meditabunda. Cuando ya vino el momento de dejarla salir, las ondas de la blancura que lo cubría todo se enervaron, excitadas por el segundo soplo de vida que se proyectaba hacia ellas.
La tercera inspiración vino acompañada del sonido del trueno, sobreviniéndole a la exhalación aquel agónico ulular que apagó a la primera arremetida acústica, pero no dándole mayor movimiento a las ondas, sino destellos, explosiones periódicas de luz que herían los ojos del hombre. Con cada inhalación y exhalación aumentaba el susurro, las explosiones de luz, el vacilar de ondas y una perversa punzada en los pulmones que empezaban a doler a medida que aumentaba su rítmico respirar. Ahora sentía mareos, náuseas, justo como si lo hubieran arrojado adentro de una lavadora o si lo hubieran amarrado al eje de una ruleta.
Una segunda explosión atronó dentro del cuerpo del hombre y fue esta vez un lento y cosquilloso calambre el que recorrió todo su cuerpo, lo agitó como choque eléctrico y le dejó la sensación de tener hormigas bailando bajo las yemas de los dedos.
El tercer impacto dejó todo de nuevo en silencio, la imagen de ondas y destellos de luz se detuvo y fue reemplazada por la borrosa imagen de una pequeña fogata que se consumía ante sus ojos.